En pleno corazón de la calle Compañía, justo al lado del Museo Carmen Thyssen, se encuentra este coquetísimo Restaurante-Bar. Mesas altas acompañadas de sillones imposibles, blancura inmaculada, sillas de diseño, camareros de larguísimos delantales negros... conforman un ambiente entre lo chic y lo kitsch (eso sí, de lo más pijo). La carta no es muy amplia ni ofrece excesivas sorpresas, pero es suficiente para una cena relajada. La ensaladilla rusa resulta aceptable (mejoraría si el tamaño de la patata fuera menor), las anchoas (doble cero) en cama de tomate no dan la talla, los huevos rotos son insípidos (un plato tan sencillo necesita de materia prima superior y de una fritura limpia), y las minihamburguesas acaban siendo lo más socorrido. Eso sí, el servicio es agradable, y el ambiente de la calle Compañía y de la Plaza muy entretenido. Da gusto volver a ver estas calles vivas de nuevo. Que cunda el ejemplo. Por ahora no podemos dar más de dos coquinas y media (sobre cinco). Hay mucho que mejorar.

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