
A mitad de una empinada calle de Alhaurín el Grande se encuentra el Rincón del Perete o lo que es lo mismo el Templo del Colesterol. Así como suena. Llegas, ves el ambiente y te parece estar en una taberna de pueblo, pero si te fijas un poco más y te paras en la vitrina-mostrador te das cuenta que estás en algo más que una simple taberna. El dueño te aconsejará (y mejor que le hagas caso) y te confeccionará casi a pie de mostrador platos dignos de buen restaurante de moda. Los tomates con queso quitan el sentido, las verduras a la plancha (tan fáciles y tan difíciles de hacer) te llevan a una niñez de pueblo oloroso, y la carne (la que quieras, no dejes de pedirla es el plato estrella en toda una constelación) está en su punto más sabroso. Y qué decir de los postres: fruta en sazón y recién cortada servida en enormes fuentes frescas: manzanas, peras, uvas, piñas... y batatas con miel. No se puede terminar mejor una comida tan suculenta. El Perete, el dueño del local, es también un acontecimiento. Disfruta con su trabajo casi tanto como el cliente con sus platos. Sitios así no es conveniente aconsejarlos. Son tan buenos que uno tiene la tentación de no compartirlo para que no se malee. Pero nuestro deber de coquineros nos exige su publicación. La única pega (aunque si lo piensas bien es toda una virtud) es que solo tiene una mesa. Se merece cuatro coquinas (la quinta se le dará la próxima vez, si sigue cumpliendo con las espectativas).
